Ay, Sancho, Sancho. No trates de detenerme. ¿No ves que aquellos gigantes que nos aguardan desafiantes no son más que necios descerebrados miembros de alguna secta política o religiosa, fervorosos adoradores de lo superficial y lo vano?
Meros esbirros del capital con aspecto furibundo pero carentes de sueños, faltos de sensibilidad...
¡A por ellos, Sancho, que son pocos y cobardes...!
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